Artículos año 2010 TURISMO INTERIOR

La transición del prolongado, frío y húmedo invierno que estamos despidiendo hacia una primavera que se hace rogar, la he vivido con el aliciente añadido de varias salidas del llamado turismo interior. Podría ser el que nos conduce hacia nosotros mismos y nos descubre rincones insospechados de nuestro proceder más íntimo, ese escenario poblado de emociones y sentimientos que sólo nosotros somos capaces de interpretar y contemplar en su justa dimensión. Pero no, no voy ahora a referirme a esa variante. Trataré de reflejar algunas de las salidas que ocasionalmente he realizado durante este mes de marzo por zonas de Andalucía principalmente.

En primer lugar a Sevilla con motivo de la asistencia al V Encuentro Nacional de Orientación por motivos profesionales, pero que me permitió conocer algunos aspectos de la capital andaluza desconocidos y sugerentes. Así considero que fue la visita a los Reales Alcázares, visita guiada y nocturna que discurrió con gran placer para los sentidos por la embriagadora presencia de los primeros brotes primaverales y el suave discurrir del agua en sus múltiples acequias y canalizaciones, de las que los musulmanes fueron unos auténticos expertos. Además de los arabescos de sus yeserías y otros motivos ornamentales, tuvimos la oportunidad de escuchar una leyenda recitada y acompañada musicalmente de una cítara por un pequeño grupo de actores profesionales. La velada nocturna se completó degustando unas tapas de pescaíto andaluz y vino fino en una de las innumerables tascas del barrio de Santa Cruz.

La noche siguiente no fue menos pintoresca, pues nos brindó la posibilidad de surcar el río Guadalquivir desde un barco que, atracado cerca de la famosa Torre del Oro, navegó por sus aguas hasta completar un circuito que nos permitió mirar la ciudad desde otra perspectiva, con sus numerosos puentes y barrios flanqueando sus orillas y, luego, dentro de la embarcación, música por sevillanas para que los más dispuestos mostrasen sus dotes de bailarines improvisados.

En otra de las oportunidades festivas, concretamente por San José, aproveché para visitar con Pepy, toda la Subbética en la parte menos conocida para nosotros: Priego de Córdoba, Alcalá la Real, Lucena, Baena…todos ellos municipios blancos colgados en el belén natural de la media montaña que los rodea. Y como elemento común y predominante en todo el paisaje, el olivar, ese árbol emblemático de Jaén que destila el oro rubio que tanto aporta a nuestras mesas y que en esta zona se convierte en el protagonista por excelencia. La nota pintoresca de este periplo la vivimos en la estación de Luque, reconvertida en punto de parada de la Vía Verde de la Subbética, que es continuación de la Vía Verde del Aceite que ya surcamos un grupo de cicloturistas el pasado otoño. La estación de Luque recibe ahora viajeros por carretera y ciclistas por su senda, como antes recibía trenes cargados de aceitunas.

Para finalizar este mes de marzo y aprovechando la Semana Santa en sus inicios, volvimos a preparar las maletas y de nuevo partimos hacia el sur. ¡Quién me lo diría hace escasos años! Y de nuevo el protagonismo del destino se lo llevó Jaén. Pero antes, a modo de prólogo, realizamos una incursión de paso por La Mancha más alejada: La Solana y su monumental Plaza Mayor con su restaurada iglesia de Santa Catalina y, sin perder comba, Villanueva de los Infantes, esa villa de nombre tan bello y sonoro, como dijo en su momento Turi, un amigo viajero que enumeraba ciertos nombres de pueblos manchegos como los más hermosos entre los gentilicios de nuestro idioma. Y para sorpresa, el majestuoso patio porticado de la ermita de Nuestra Señora de la Antigua, patrona de la villa en la que Santo Tomás de Villanueva expresó su sabiduría. Una joya poco conocida y menos comentada, pero que supera con creces a los escenarios que las romerías manchegas suelen ofrecer como telón de fondo de sus representaciones.

Desde allí, pasamos por una sucesión de pequeños pueblos, fronterizos con Andalucía, ahora embellecidos por el manto verde que las abundantes lluvias han propiciado. Almedina, con su fuente de varios caños soltando agua como cañones, Torre de Juan Abad con su patrimonio quevedesco, Terrinches, Albadalejo… hasta llegar a Jaén y entrar por Villanueva del Arzobispo a Iznatoraf, esa pequeña joya arabesca que corona una sierra como cabra montaraz. Pequeñas calles estrechas, torres y arcos de piedra y hasta inmigrantes moros con tafetán y chilaba.

Después, en un giro hacia el este, nos adentramos en la parte más escarpada de la zona y acompañamos al Guadalquivir para llegar hasta el pantano del Tranco dentro del Parque Natural de Cazorla, Segura y Las Villas. La presa aún suelta agua que ha tenido que ser evacuada para evitar desbordamientos. Todo el paisaje está salpicado de torrenteras, árboles caídos y lodos sólidos arrastrados por la fuerza del agua.

Desde el Tranco continuamos la carretera en dirección a Hornos de Segura, pequeña población enclavada en lo alto de una sierra y llena de vestigios defensivos y arcos amurallados. Sobre todo se divisa una panorámica espectacular con el río al fondo y los inmensos pinares flanqueando todas las laderas. Después volvemos hacia Orcera, pero antes nos bajamos del coche para coger algunos espárragos al borde de la carretera y cercanos al riachuelo que les aporta la humedad necesaria.

Y tras este episodio ocasional y oportuno por la época en la que nos encontramos, llegamos a la población por la que el viaje fue tramado: Siles. Esta pequeña localidad situada en el meollo de la sierra de Segura, es la localidad natal y residencia temporal de un personaje singular, Francisco González Sesarino, antiguo compañero como maestro, director teatral y músico que ha dirigido numerosas agrupaciones o conjuntos vocales. De sus elogios hacia el entorno de su pueblo estaba pendiente venir a conocerlo y disfrutar de la belleza de sus paisajes, de la frondosidad de sus bosques cercanos y de la inestimable bondad de sus arroyos y zonas de acampada que hacen de la zona un refugio inigualable para el verano. Además, de modo imprevisto, sorprendimos al personaje en todo su apogeo. Con una breve indicación de uno de los paisanos, logramos dar con él mientras ensayaba en el coro de la Iglesia junto a un nutrido grupo de mujeres que seguían atentas sus indicaciones. Su siempre histriónica respuesta confirmó lo más genuino de su personalidad en el trato, que hace difícil de discernir entre la vida real y las múltiples representaciones que ejecuta como nadie. Fue un encuentro emotivo y afectuoso, inolvidable.

Desde allí nos dirigimos hasta Riopar, pequeña población que hacía bastantes años que no visitábamos, especialmente se me agolpaban los recuerdos de la segunda salida cicloturista, allá por el año 1983 cuando surcamos esas sierras a golpe de pedal, de inexperiencia y de unas bicicletas rudimentarias que ahora están descartadas como auténticas reliquias. El pueblo ha mejorado turísticamente y goza de una infraestructura de hostales, hoteles y restaurantes acordes con la oferta que depara a sus visitantes. Además, sus tradicionales industrias de bronces, permitió adquirir algunas piezas y más en concreto, agradecí el detalle de Pepy de obsequiarme con la figura de un ciclista en bronce, con su peana de madera y brazos en alto, que resume toda una vida de apasionada práctica y afición por esta actividad lúdica y deportiva.

Al día siguiente visitamos el nacimiento del Río Mundo, epicentro de los visitantes de la zona y auténtico lujo de la naturaleza, ahora desbordante de aguas y manantiales menores que jalonan una zona de especial encanto para sus visitantes y que gracias a las medidas de protección establecidas por las autoridades públicas, permite que las visitas y el comportamiento de los numeroso turistas esté ordenado y regulado para su preservación.

El colofón del recorrido lo pusimos en Alcaraz, centro comarcal de la zona y población que reúne un conjunto monumental muy rico para sus dimensiones, pues su plaza porticada con el ayuntamiento y las dos torres gemelas así como la iglesia de la Stma. Trinidad, forman un conjunto patrimonial de primera magnitud. Igualmente los restos del acueducto romano, las fachadas solariegas y blasonadas y los arcos de transición de unas zonas a otras, le confieren un estilo admirable. Como remate comimos en el Hostal Alfonso VIII, un asador remozado en el que hicimos pensión los cicloturistas en la anteriormente referida salida de los años ochenta.

Justo López Carreño. Marzo de 2010.
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