Artículos año 2014 Los Carreño



El apellido CARREÑO, estuvo durante muchos años vinculado al comercio de Alcázar en tiendas de comestibles y ultramarinos, que eran frecuentadas por clientes de Alcázar y de otros pueblos de la comarca. A mediados del siglo XIX, los hermanos José y Juan Antonio CARREÑO PASTOR naturales de Albatera (Alicante), de oficio “trajinantes”, solían venir hasta Alcázar con un carro cargado de mesas y sillas de madera, para venderlas aquí y, de vuelta a su pueblo cargaban nuevamente el carro con quesos, jamones y legumbres que se producían en las huertas de Alcázar.

Con la llegada del ferrocarril a Alcázar, los hermanos Carreño Pastor, encontraron el momento ideal de establecerse, buscar una nueva oportunidad en este pueblo manchego, que conocían bien, y dejar de acarrear mercancías, pues esta actividad les obligaba a ausentarse durante largo tiempo de sus respectivas familias. Llegado el momento ambos se casaron con mujeres alcazareñas y fue en 1866 cuando nace el primer Carreño en Alcázar. Se trata de Ricardo CARREÑO ANGORA, hijo de José y Concepción, el único de los hermanos (dos varones y dos hembras), que pudo establecer una tienda de comestibles y derivados del cerdo. Los descendientes de la otra rama familiar, la de Juan Antonio, casado con Mª Jesús, al cabo de los años se desvincularon del comercio dedicándose a otros menesteres. Con el paso del tiempo, una de sus descendientes Marina Carreño, la del Estanco de la calle Santa Quiteria, fue la única que siguió el espíritu comercial familiar. Su hermano Sérvulo, fue el padre de Emelina Carreño, Miss España en 1931.

Los hijos de Ricardo Carreño Angora, casado con Dolores Rubio Pedrero, nacieron en la Calle San Juan, siguieron la estela de su padre que puso una tienda de comestibles en la calle Cabo Noval nº 15, y les enseñó el oficio, tanto para atender el comercio, como para sacrificar cerdos y vender sus productos (durante la temporada de invierno, contrataban a salchicheros de Ávila para ayudarles en la matanza, haciendo chorizos, longanizas, curado de jamones, etc.). Esta casa y la tienda, fueron destruidas durante un bombardeo en marzo de 1937.

El hijo mayor del anterior matrimonio, Ricardo CARREÑO RUBIO, al casarse con Concepción Castellanos, se estableció por su cuenta y puso tienda, primero en la Plaza de España, donde ahora está el Mercado municipal, y en 1932 abrió una nueva tienda en la calle Castelar 19. Esta era muy conocida por varias generaciones de alcazareños que se pasearon por “La Castelar”, (como curiosidad, se apreciaba, en la fachada construida de fibromármol, dos siluetas de José Antonio Primo de Rivera). Allí, trabajaron los hijos mayores: Ricardo, Raúl y Rodolfo. Con el paso del tiempo, otra hermana, Rocío, siguió el oficio familiar al casarse con Justo López “JARO” (Ultramarinos finos Sobrino de Damián), en la esquina de la calle Castelar con San Francisco.

Después de la Guerra Civil española, Ricardo Carreño Rubio, no pudo reabrir la tienda de comestibles, al haber quedado completamente vacía por el continuo saqueo de los milicianos que llegaban a Alcázar, que consiguieron dejar únicamente las estanterías de madera. Esta tienda era conocida desde su apertura hasta su desaparición como la tienda del “bote”, por la gran cantidad de botes y latas que había en sus estantes.

Demófilo CARREÑO RUBIO, segundo hermano, casado con Mª Engracia Cenjor, también abrió tienda de ultramarinos en la esquina del paseo Álvarez Guerra con Avenida de Criptana. Cerró en los años cincuenta.

Frente al Casino, en la Avenida de José Antonio nº 32 y después de acabada la Guerra Civil, Dolores Rubio (Vda. de Ricardo Carreño Angora), puso nuevamente tienda, junto con sus hijos José y Oliverio CARRREÑO RUBIO. Tanto José como Oliverio regentaron dicho comercio desde el fallecimiento de su madre en 1947, hasta finales de los años -60-, que cerraron por jubilación. Con ellos, se acabó la tradición como comerciantes que iniciaron los hermanos Carreño Pastor.

REUNIÓN FAMILIAR EL SÁBADO 26 DE ABRIL DE 2014

Con encomiable puntualidad, el pretil de la plaza de Santa Clara, ante la majestuosa fachada del Hotel Convento, fue acogiendo la llegada de la familia Carreño en una mañana fresca pero soleada.

Los saludos iniciales y el control de ausencias y comparecencias fue seguido de un paseo hacia la primera de las actividades previstas, la visita en grupo al Museo del Hidalgo en la Calle Cautivo. Esta casa solariega rehabilitada como museo costumbrista, bien pudiera ser la evocación noble de lo que nuestra propia familia vivió en su caserón de la Calle Castelar nº 19 durante buena parte de la segunda mitad del pasado siglo XX y en la que los nietos mayores crecimos junto a nuestros abuelos, Ricardo y Concha, y de la que conservamos los primeros e imborrables recuerdos de nuestra infancia.

La visita estuvo guiada por María Escribano, amiga e hija de nuestros amigos Daniel y Encarni, que hizo una demostración de sus amplios conocimientos sobre todo el transcurrir vital de los hidalgos y dio a conocer los numerosos enseres que salpican todas y cada una de las dependencias, haciendo que el recorrido fuera además de sorpresivo, para los que no conocían su existencia, ameno y enriquecedor. De vuelta al Hotel y aprovechando el sol de mediodía, nos apostamos en el centro de su patio central para tomar un aperitivo, departir distendidamente por grupos y seguidamente contar con una nueva explicación sobre el lugar, esta vez a cargo de Paloma Mayordomo, directora de la Escuela de Escritores Alonso Quijano, cuya sede se ubica en este recinto. Son de destacar las numerosas leyendas que circulan sobre la vida conventual y los diversos episodios que protagonizaron las monjas que lo habitaron, dando lugar también a que las fronteras entre lo real y lo fantástico sigan siendo borrosas y continúen alimentando la imaginación.

Después llegó el momento del almuerzo en una de las salas reservada en exclusiva para nuestra familia. En mesas redondas dispuestas con riguroso orden de comensales, diseñado por el primo Ricardo, fuimos dando cuenta de un menú ya concertado y que seguramente no quedará para el recuerdo. Pero lo importante era el encuentro, la convivencia y la capacidad para evocar las raíces familiares. A ello contribuyó una sobremesa previamente organizada para favorecer los recuerdos.

Una proyección de fotos familiares y la lectura de algunos textos, que Justo y Ricardo tenían preparados, fue el motivo para evocar a personas y lugares, acontecimientos y situaciones que con el paso del tiempo cobran valor e inventiva además de provocar que todo tipo de sentimientos afloren.

Eran las siete de la tarde cuando el grupo levantó el vuelo y decidió prolongar la despedida dando un paseo por la emblemática calle Castelar que tantas evocaciones provoca en Alcázar. Poco a poco los protagonistas nos fuimos retirando para dar paso al regusto gozoso de una jornada que quedará para el feliz recuerdo y para la añorada repetición si nos lo proponemos.

Justo López Carreño

26 de Abril de 2014

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