Artículos año 2015 Berlín

Un viaje de cuatro días a una gran ciudad nunca puede considerarse motivo para saber grandes cosas sobre ella salvo que uno sea muy pretencioso. Sin embargo, tal como vivimos y consumimos turismo, hay que aprovechar las ocasiones que nos permiten contrastar la realidad por uno mismo, presencialmente, y, por tanto, poder contar lo que hemos percibido fuera de lo que otros te cuenten y de la siempre interesada descripción de datos, lugares y cifras que se hace desde todos los frentes mediáticos que nos rodean.

Gracias a la iniciativa de la compañera orientadora Elvira, que anualmente se preocupa por iniciar algún viaje para los asociados y personas cercanas, esta vez nos animamos a participar de la oferta que nos llevaría a Berlín durante cuatro días, los correspondientes a las celebraciones del Carnaval en nuestra España carnavalesca.

Después de un inicio de viaje en el autobús del grupo desde Alcázar y recogidos en Consuegra otra parte del grueso de la expedición, que endulzaron con tejas de Peces la movida sobremesa, nos plantamos en Toledo y desde allí a la imponente T – 4 de Madrid-Barajas-A. Suárez que no deja de causar admiración por su majestuosidad y más si después del plácido vuelo hasta Berlín-Tegel nos recibe un aeropuerto sobrio, envejecido y hasta tristón en las primeras impresiones tomadas.

Berlín se nos mostró como una ciudad escasa de luz para poder apreciar en esta primera toma nocturna la inmensidad de sus dimensiones, la amplitud de sus calles y avenidas durante algo más de media hora que duró el trayecto hasta el Hotel Park Inn, situado en Alexanderplatz y que nos recibió como si de una pequeña urbe multirracial se tratara, en sus cuarenta plantas de habitaciones y salas dispuestas en un gigantesco prisma.

Las habitaciones, cómodas y funcionales, de sencillez vanguardista, muy del agrado de quienes tienen todo a disposición pero sin excesos. Lo más llamativo, el ejemplar del Antiguo Testamento trilingüe (Alemán, Inglés y Francés) sobre la mesita de noche. Sin embargo nada de wifi. ¿Contradicción, intencionalidad, oportuna forma de desconexión? Este detalle vino a poner de manifiesto el creciente grado de dependencia que estas tecnologías causan en nuestros modos de vida y que se hacía patente en la aglomerada zona de recepción, dónde únicamente se disponía de señal gratuita aunque débil.

La primera jornada comenzó a bordo de un autobús con guía contratado para hacer un recorrido panorámico de lo más representativo de la ciudad. El guía, de nombre Marco Antonio, argentino de origen pero germanizado desde hace muchos años, nos fue explicando las zonas al paso, deteniéndose y parando en aquellos lugares de especial relevancia. Un primer paso por la llamada Isla de los Museos, así llamada por los importantes recursos patrimoniales que encierra y por su situación rodeada del rio Spree y sus brazos de agua canalizados.

A continuación parada en uno de los tramos del ya mítico muro, ahora ruinas solemnes de un pasado vergonzante para el pueblo alemán y ornamentado de grafitis murales de artistas pero deteriorado por los otros grafiteros tóxicos que ensucian con sus ininteligibles trazos las muestras de escenas que aún sobreviven. La peste grafitera dañina no conoce fronteras. Nosotros nos hicimos una foto que resultó una toma muy acertada reproduciendo el beso de los dirigentes comunistas (Breznev y Honecker) por otro de cosecha propia y en vivo.

Paso inicial por el monumento al holocausto, que luego visitaríamos con detenimiento algunos, para llegar a la siguiente parada en la Puerta de Brandenburgo, antigua puerta de acceso a la ciudad, sede de diversos episodios y celebraciones populares y símbolo de la ciudad berlinesa e incluso de la propia nación alemana. Situada en la Plaza de París, en la principal arteria de comunicación de la población y con una visión que le otorga profundidad y lejanía. No percibimos agobio. Turistas si que había, lógicamente, pero no en el número ni el estilo atosigante que presiden otras referencias de estas dimensiones. Aquí empezamos a tomar conciencia de que uno de los rasgos más sorprendentes de Berlín es la falta de agobio y la amplitud de horizontes en todos sus rincones que le otorgan un plus de placidez en la visita.

Continuando el recorrido llegamos a la zona donde está situado el Palacio de Charlottenburg, único resto del imperio prusiano encargado por Federico I y que comenzó a construirse en 1695. No lo visitamos sino que simplemente recorrimos su espléndida entrada con su explanada y jardines cercanos a la misma. Desde allí nos trasladaron al llamado Foro Fredericiano y la Bebelplatz, donde se integran la Ópera Nacional, la Catedral de St. Hedwing, la Universidad y la Biblioteca Antigua. En el centro de la plaza se encuentra el homenaje a los libros que los nazis mandaron quemar en uno de tantos salvajes episodios de su gobierno. Bajo una losa de cristal se pueden observar las estanterías vacías como símbolo de lo que fue destruido.

Finalizado el recorrido, contactamos por primera vez con la gastronomía germana en el Hofbräu Berlín, un restaurante típico, cercano al Hotel, amenizado por dos pintorescos músicos en directo y donde empezó a correr la cerveza en sus múltiples modalidades. También las salchichas y el chucrut hicieron aparición en los platos de los comensales que nos dispusimos en las mesas corridas como los antiguos mesones, que ya no son habituales en nuestra tierra manchega.

Sin apenas tiempo para descansar, acometimos la ogligada visita a los museos y lo hicimos empezando por el de Pérgamo en el que no sólo se exponen esculturas sino edificios enteros procedentes de las excavaciones de arqueólogos alemanes en Asia durante el siglo XIX. La grandiosa Portada del Mercado de Mileto del siglo II A.C. sorprende especialmente nada más introducirnos en el recinto. Después una sucesión de piezas, restos de paredes y azulejos, puertas, etc., que realmente merecen una contemplación minuciosa. Pero cuando uno está de visita por vez primera, desea no dejarse llevar por temas monográficos ni especialmente técnicos ni artísticos sino disfrutar de la visión global de una ciudad a la que se le toma el pulso por primera vez con ánimo de curiosa contemplación, sin más.

Regresando hacia la zona del hotel, pasamos por el barrio judío y pudimos contemplar los escasos restos que quedan de sus orígenes así como algunos de los comercios remozados que ocupan gran parte del mismo. El cansancio acumulado se generalizó en la expedición con el deseo de recuperar fuerzas para la siguiente jornada. Hubo quien no entendía ese deseo por ser sábado y estar en Berlín, pero el organismo no entiende de geografía ni de historia, únicamente emite señales de agotamiento y llama a satisfacer lo más básico. Es preferible reponer energías antes que andar dormitando bostezos sosteniendo una copa en cualquier garito de dudosos atractivos.

La siguiente mañana del domingo 15 nos esperaba una excursión programada a la ciudad cercana de Potsdam. Madrugamos para tomar el autobús y la compañía de Marco A. el guía contratado de la primera jornada. Potsdam es una especie de Aranjuez para Madrid, es decir, un núcleo residencial rural que fue progresivamente urbanizándose por los diferentes reyes prusianos hasta convertirse en un conjunto declarado en 1990 Patrimonio Cultural por la UNESCO.

La visita obligada estaba centrada en el Palacio de Sans Souci, del francés “sin preocupación” que fue el lema que quiso trasladar Federico II El Grande a ese lugar de retiro, rodeado de viñedos y de afrancesamiento en numerosos detalles que lo conforman. De estilo rococó, sus doce salas reflejan aún las magníficas decoraciones originales. Me llamó la atención que nuestro grupo se dispersase y gran parte del mismo decidiera no conocer los interiores pese al frío intenso de la calle. También la puntual y medida organización de los funcionarios del Palacio en la forma de controlar las visitas, los horarios de apertura y cierre así como la continua y eficaz vigilancia sobre todos los objetos expuestos.

Finalizada la visita y reencontrados con el resto del grupo, que estaba algo molesto por el parón registrado y el frío reinante, nos dirigimos a recorrer el resto de la ciudad, especialmente el barrio holandés, en uno de cuyos pintorescos establecimientos tomamos un reconfortante chocolate en taza acompañado de bizcocho. Fue la mejor manera de recomponer el clima. Continuando con la visita llegamos finalmente a una inmensa plaza en donde decidimos hacer una comida ocasional al aire libre sentados en unas escalinatas y calentados por el tímido pero abundante sol de la jornada. Más tarde tomamos café en otra zona interior acristalada antes de tomar un tranvía que nos llevó hasta la estación de Potsdam en donde tomamos nuevamente el tren de regreso hasta Berlín.

En la estación de Zoologisher Garden descendimos para pasear hasta el Sony Center, una curiosa zona tecnológica en la que abundan los comercios de electrónica, las salas de cine y otros lugares de ocio dedicados al cultivo de la imagen. Precisamente allí se encuentra el Berlinale Palast, sede del Festival de Cine de Berlín cuya clausura tenía lugar precisamente en esos momentos. Aunque sabíamos de la imposibilidad de acceder al recinto, como nos vino a recordar un joven y apuesto caballero nada más acercarnos, pudimos al menos ver en pantalla gigante al pie del edificio algunos momentos del transcurrir de gala, que, aparentemente, nada difiere de la de los Oscar o la de nuestros Goya.

El lunes lo dedicamos nuevamente a ver algunos de los museos de la Isla. Concretamente el Neues Museum, otra impresionante muestra de las colecciones que se albergan en este mágico entorno berlinés. Especialmente destacan tres piezas que por sí mismas justifican la visita: el busto de Nefertiti, de una belleza serena y cautivadora, protegido tras una urna y custodiado por dos personas permanentemente. Luego la estatua dorada del joven de Xanten, rescatada por las fuerzas aliadas, posiblemente tras la huida de los alemanes tras su derrota en la 2ª Guerra Mundial y que representa a un joven servidor de la época romana cuando Germania era una de las provincias del Imperio. Por último me llamó la atención el Golden Hat o sombrero de oro, una pieza singular que probablemente fue construida como un calendario lunisolar con un largo y esbelto eje cónico y un pie convexo diferenciado decorado con trazados motivos aplicado con pequeños sellos y las ruedas.

Saturados de arte, nos dirigimos, no con mucha convicción en las comunicaciones correctas y algo desorientados por los consejos de un paisano que nos encontramos en la parada del autobús, hacia el barrio turco con la intención de visitarlo y comer. Lo primero quedó descartado pues el ambiente tanto humano como urbano de la zona no nos deparó mucho atractivo. Era la cara menos amable de lo visitado en la ciudad. Lo segundo, es decir, la comida la hicimos en el primer sitio cercano que nos permitieron tomar cerveza acompañando al resto de ingredientes, dadas las restricciones ante el alcohol que impregna a la cultura musulmana. Al final resultó que un Kebab nos permitió realizar una comida rápida, económica y más o menos satisfactoria para el conjunto del grupo que en él nos congregamos.

A media tarde volvimos en metro hacia el barrio de San Nicolás, próximo ya al hotel, con el fin de visitar lo más representativo del mismo. No hay ni un solo edificio original puesto que fueron destruidos en la guerra. Su reconstrucción casi como decorativa con edificios prefabricados hicieron que los berlineses llamaran al conjunto “Disneylandia socialista” y lo único que queda original son las dos torres gemelas de la iglesia más antigua de Berlín, la Nikolaikirche del siglo XIII.

Vuelta al hotel para la cena programada y salida nuevamente en metro para visitar la Puerta de Brandenburgo, esta vez en su versión nocturna. Además se nos permitió contemplar una declaración amorosa de una pareja que se intercambió alianzas y selló, supuestamente, su compromiso, mientras un violinista ambientaba musicalmente la escena y recibía el aplauso de los espectadores entre los que nos encontrábamos. No hubo para más porque el frío imponía sus condiciones y los posibles locales de ocio para tomar una copa no estaban bien definidos en nuestras escasas y torpes referencias.

Llegó finalmente el día de la despedida, el martes 17 de febrero y con ello la necesidad de optar por cerrarlo con alguna actividad interesante. Ciertamente que lo logramos, al menos desde mi particular visión de lo que supuso la visita al Monumento al Holocausto, inaugurado el 10de mayo de 2005 y que se compone de 2.711 estelas de granito que ocupan 19.000 m2. La intención de los autores es compleja. No se trata de tumbas, sino de un conjunto de estructuras, calles, bloques de distinta altura y grosor, suelo irregular adoquinado con distintas inclinaciones y todo ello para dar la impresión de lo que supuso aquellos hechos para los judíos exterminados: desorientación, incertidumbre, dudas, sentimientos de no saber a dónde dirigirse ni qué camino tomar. ¿No es esto lo que sigue ocurriendo con los humanos en muchas circunstancias trágicas que se repiten?

Visitar el centro de documentación subterráneo, con los listados de los nombres de la víctimas y las historias de algunas tragedias personales y familiares, además de los lugares de exterminio, precisamente al lado del bunker donde se suicidó Hitler, es una experiencia inolvidable para cualquier sensibilidad y que se graba duramente en la memoria, por mucho que Berlín ofrezca diversidad de atractivos de toda índole que deberían primar sobre este lado oscuro de la condición humana.

Superado el emotivo trance del monumento al holocausto, seguimos por la zona recorriendo las cercanías de la catedral, la Sala del Silencio, en los bajos de la misma y tratando de encontrar gorros de recuerdo de la visita como símbolo de una de las mejores piezas para combatir el frío reinante. Algo se consiguió. Luego, despedida gastronómica, junto a Mª José y Luisma, acariciada por la publicidad que nos hizo la guía sobre el local “Zur Gerichtslaube”, donde pudimos saborear el célebre codillo asado acompañado de chucrut, puré y mostaza, además de sendas cervezas de distinto tipo. Fue el broche particular a una estancia que rematamos con el camino de vuelta al hotel y al aeropuerto para tomar el vuelo de regreso, no exento de turbulencias, que nos dejó en la T-4 madrileña antes de retornar en autobús a nuestras respectivas localidades. Bien.

Justo López Carreño

Febrero de 2015

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