Artículos año 2016 POR TIERRAS DE SORIA

En las preguntas que ya sabes

el tiempo no has de perder

Y las preguntas sin respuesta

¿Quién las podrá responder?

A. MACHADO


Planificamos este viaje casi a última hora y sin mucho convencimiento, pero intentando tratar de aprovechar un “puente” que se prestaba a la salida por su extensión y por una climatología atípica para las fechas en que nos encontramos. Gracias a las reservas que se pueden establecer vía internet puse el incentivo necesario para activar el deseo y lograr el compromiso. Además, tiré del repertorio de lugares que el cicloturismo ha ido poniendo en nuestra dilatada experiencia por diversos lugares, para hacer más atractivo el retorno a un punto que habíamos recorrido hace ahora quince años, Soria, y algunos de sus pueblos emblemáticos.

El objetivo era claro por mi parte, retornar a Burgo de Osma, una población que nos dejó un grato recuerdo y que no pudimos ver en su totalidad por las especiales circunstancias que se dieron entonces. Para ello, la ruta más adecuada era tomar la N-I hacia Burgos y desviarnos en Cerezo de Arriba en dirección a Ayllón y San Esteban de Gormaz, que serían los dos eslabones previos de la cadena de visitas posibles en la salida.

Madrugamos como pocas veces lo hemos hecho y a las 8:15 horas estábamos ya a bordo del Honda camino de Madrid. Día espléndido nuevamente, con ligera bruma en el cielo pero con un sol radiante a punto de imponer su poderío, dejando una temperatura ambiental idónea para nuestro cometido. No tardamos más de lo previsto en desviarnos hacia Ayllón y descubrir a la luz del día este pueblo medieval, en el que habíamos estado anteriormente con ocasión de una excursión colectiva al cercano Pico Ocejón, pero que no pudimos apreciar entonces, y al pueblecito de Languilla, lugar de la familia de Jacinto Cáceres, que allí nos hospedó en unas jornadas inolvidables,



Ayllón es una villa medieval que te sorprende nada más dejar el coche en las inmediaciones del río Aguisejo y atravesar el arco de entrada a la población, que te recibe con la majestuosa fachada del palacio de los Contreras, recuadrada con un cordón franciscano y tres escudos de armas inclinados. Ya en la Plaza Mayor se saborea el espectáculo de este tipo de poblaciones castellanas: la fuente central de cuatro caños, los pórticos que la circundan y el palacio donde se ubica el Ayuntamiento además de la impresionante espadaña de la iglesia de Santa María la Mayor. Todo ello en un entorno cuidado, sencillo y respetuoso con un pasado noble que deja sus huellas para la posteridad. La mañana invitaba a la contemplación y el paseo sin prisa, pero era necesario avanzar en nuestros propósitos.

A escasa distancia siguiendo la N-122, que se encuentra en muy buen estado, nos presentamos en San Esteban de Gormaz. Esta población, más célebre por sus reminiscencias campeadoras del Cid que por su propio patrimonio monumental, nos dejó una imagen poco convincente en cuanto a su conservación y estado actual. Su principal iglesia, San Miguel de 1081 ostenta el título de ser el primer ejemplo de románico porticado en España, pero en la actualidad está en obras y solo puede contemplarse desde el exterior. No así la de Nuestra Señora del Rivero del siglo XII que ofrece un aspecto externo inmejorable con una magnífica galería porticada orientada al sur y un ábside, al que se accede desde la sacristía, que conserva intactos dos de sus cuatro paños además de algunas pinturas góticas de excelente conservación.

Pero nuestra visita no quedó llena, cómo era de esperar, de un ambiente similar al de Ayllón y aunque la calle Mayor es punto donde desembocan callejuelas, patios y callejones y su Plaza Mayor responde al prototipo de pueblo castellano, no nos produjo la misma sensación que el ya referido, por lo que después de tomar un vino de la zona, en donde arranca la Ribera del Duero y que elaboran en un sinfín de pequeñas bodegas excavadas en cuevas subterráneas, decidimos abandonar la población y continuar el viaje.



No tardamos tampoco en llegar al siguiente destino, que iba a ser el centro del programado viaje y lugar para la única pernoctación. A la entrada del Burgo de Osma o ciudad de Osma, como también se la denomina, atravesamos el río Ucero, frente al que se erige el hotel del mismo nombre, que habíamos conocido en nuestra salida ciclista en 2001. El hotel, moderno, amplio y cómodo, con buena ubicación y un aparcamiento propio fue la referencia más identitaria de cuantas recordé. Me parecía mentira pero, una vez a pie y recorriendo la calle Mayor desde su inicio hasta el final en la alameda del río, me creía estar en un lugar desconocido como si nunca lo hubiera pisado anteriormente.

La sorpresa se fue agrandando a medida que pasábamos por sus calles céntricas, por sus casas solariegas, sus palacios, su impresionante Plaza Mayor, coqueta y majestuosa a la vez y, cómo no, por su concatedral de Santa María de la Asunción que destaca como el principal monumento que da carácter a la villa y la distingue desde cualquiera de sus ángulos de observación. Precisamente a su vera, a la sombra protectora de un edificio enfrente de su fachada principal, nos paramos a sentarnos en una terraza a degustar los famosos torreznos sorianos con vino de la Ribera del Duero y contemplar detenidamente el majestuoso panorama del templo, ahora iluminado por un sol agradecido. Fue uno de los momentos clave de la salida, de los que luego queda el regusto del recuerdo.

A partir de ese momento el objetivo era buscar un lugar agradable donde comer y, a ser posible, dentro del animado ambiente callejero de la calle principal y la Plaza. No pudo ser porque había lista de espera con notable demora, como también la hubo en el restaurante Virrey que nos recomendaron, por lo que finalmente regresamos al hotel, que también disponía de restaurante y permitía una posterior siesta sin movernos del lugar.

La tarde fue un recorrido detenido por la alameda que flanquea al río, con sus intromisiones a la zona amurallada de la ciudad, la visita rápida a la catedral y un café en un palacete restaurado que lamentablemente no pudimos ver a la luz del día dado el bajón de luz que conlleva el reciente cambio de horario de invierno. Pero lo más sorprendente del periplo por la la ciudad fue el descubrimiento del edificio de la antigua Universidad de Santa Catalina, actualmente restaurado y convertido en un Hotel con Spa. Ciertamente nos llamó mucho la atención atravesar un edificio plateresco en piedra vetusta en cuyo inmenso vestíbulo cuadrangular con arcadas en cada una de sus zonas laterales se sitúan confortables tresillos y una zona de restauración y cafetería de vanguardia, además de una cúpula de cristal a nivel de suelo que permite la visión de la zona de baños subterránea, en la que algunos clientes gozaban de la salud por el agua.

En la parte alta quedaban las habitaciones, todas ellas de una disposición, tamaño y comodidad fuera de lo común. Realmente fue un descubrimiento asombroso.

Y para rematar la jornada, además de una cena informal en una de las tascas típicas de la localidad en la calle Mayor, paseamos por la calle de la Universidad donde se encuentran el Colegio Público, el edificio de los Juzgados y el polideportivo municipal junto a la Plaza de Toros. Todos ellos en un entorno urbano limpio, cuidado, como en pocos sitios de nuestro país encontramos. Señal inequívoca de hacer las cosas bien por parte de sus autoridades y de sentirlas como propias por su ciudadanía. ¡Un lujo!

La segunda jornada tenía por cometido recorrer Soria capital y desde primeras horas, durante el breve viaje hasta llegar a la población, además de la bajada de temperatura, pudimos observar una muestra del pintoresco paisaje soriano que dibujan los olmos y pinares del camino tintados ya de los ocres y rojos tonos de la época otoñal casi recién estrenada. Un ciudad recoleta, hecha a la medida del hombre, como dice uno de sus reclamos turísticos, de pulso tranquilo y sosegado por donde fluye un río aún joven, pero amansado en su tránsito por la población cuyo espíritu se reparte entre los versos de un triunvirato de poetas y los muros de los antiguos monasterios y actuales conventos.

Dejamos el coche al lado de la Alameda de Cervantes, principal pulmón de la población, para bajar hacia el río dando un largo y agradable paseo con el fresco de la mañana y un sol que ya apuntaba con imponerse. Por el Paseo del Espolón, homónimo del burgalés, llegamos hasta la Plaza de Mariano Granados donde recibimos el plano que nos permitió orientar nuestra visita y fijar los que podrían ser los principales puntos de referencia para la misma. El primer encuentro con los poetas no fue todo lo agradable que hubiera sido de desear. Bajo un soportal de la calle principal se encuentra Gerardo Diego esculpido en la mesa de un café y deja libre otra silla para cualquiera que le quiera acompañar en esa virtual ficción. Pues bien, yo lo intenté hasta percatarme de que el rocío mañanero había empapado las superficies metálicas de la escultura y mi pantalón quedó bañado en su trasero por ese agua inesperada. La despedida con el poeta fue brusca y poco agradecida aunque una foto me evocará el momento.

Bajando por la calle Aguirre Ayllón llegamos al Palacio de los Condes de Gómara, a pocos metros a la Iglesia y Convento del Carmen, para continuar hacia el Parque de la Arboleda y bajar hasta la Concatedral y claustro de San Pedro. Nada comparable con la de Osma pese a estar en la capital y de allí, siguiendo la calle de San Agustín, a otro de los momentos mágicos del día, la vista del río Duero desde el puente medieval que lo sortea. Fue un momento irrepetible por la luz, las hojas cayendo suavemente por el orden natural, nada de viento y una temperatura ideal para gozar del paseo al aire libre. Fue momento de fotos y de miradas, de empaparse de realidad y atesorarla en el recuerdo.

Sin salir de ese apacible rincón, a escasos metros de los paseos que recorren la orilla del río, se accede a San Juan de Duero, un antiguo monasterio hospitalario que conserva un precioso y valioso claustro sin techumbre formado por arcos de medio punto, ojivales, entrelazados, secantes, califales, que componen una sinfonía de arte medieval, como reza en un folleto turístico. En su pequeña iglesia contigua, en la que se encuentran dos templetes cuyos capiteles representan escenas fantásticas y bíblicas, nos encontramos con Javier y Dori, dos amigos y compañeros alcazareños que casualmente también estaban de visita turística por la ciudad.

Después de un rato de contemplación volvimos por nuestros pasos, nuevamente hacia el centro, en busca de la Plaza Mayor, en una de cuyas terrazas tomamos un aperitivo mientras veíamos crecer el bullicioso ambiente de la población. Tras ese paréntesis de obligada reparación gastronómica continuamos el recorrido, ahora sí, cada vez más imbuidos por la presencia espiritual de Antonio Machado, cuya vida y obra impregna muchos de los rincones sorianos. Especialmente, todos los episodios relacionados con la etapa más decisiva de su vida, la relación, matrimonio y muerte con Leonor, la joven de la que se enamoró cuando ella era casi una niña – hoy habría sido denunciado por corrupción de menores – y con la que se casó en la iglesia de La Mayor en julio de 1909.



Sentí tu mano en la mía

tu mano de compañera

tu voz de niña en mi oído

como una campana nueva,

como una campana virgen

de un alba de primavera…




También con Leonor, esculpida en la puerta de la iglesia, me pude hacer otra foto para mis virtuales ensoñaciones. Y de allí nos acercamos al templo en el que Machado ejerció como catedrático de Francés para alumnado de Bachillerato, el Instituto que lleva su nombre desde 1967 y que se ubica en un caserón de los jesuitas que ha sido remozado y que en la actualidad sigue en activo mientras lo contemplan varios recuerdos en bronce alusivos a la figura del inmenso poeta, que como dicen de él, era un hombre “bueno, noble y recto, y por si esto no bastara ejemplo de sencillez y humildad”, por lo que encaja perfectamente su talante metodológico expresado en estos sencillos versos:

Despacito y buena letra

que el hacer las cosas bien

importa más que el hacerlas.

No salimos de ese mismo barrio cuando nos topamos con la iglesia de Santo Domingo, “joya del románico español construida a finales del siglo XII con un magnífico rosetón en su fachada principal y una portada que ha sido apodada como “la biblia en piedra”, pues en sus cuatro arquivoltas y jambas se representa gran parte de la historia sagrada”.

Aprovechamos también para comprar algunos productos típicos sorianos, como la famosa mantequilla y las paciencias, también llamadas “tetillas de monjas”. Ambos productos con reminiscencias de mi infancia, pues mi padre los vendía en su establecimiento de ultramarinos como productos para gourmets. Y tras visitar exteriormente la iglesia de San Juan de Rabanera, en la que destaca su famoso ábside, y la inmensa fachada del edificio de la Diputación precedida por las estatuas de sorianos ilustres que presiden la vista de la plaza, nos dirigimos a un rincón de la misma en donde se halla el restaurante de ese mismo nombre, El Rincón, donde pudimos degustar un menú adecuado a la ocasión y regado con otro buen vino de la Ribera del Duero.

No había tiempo para más. Un paseo para bajar el almuerzo atravesando por su interior el parque de la Alameda de Cervantes, que ahora pudimos apreciar en todo su esplendor, con la capa de hojas cayendo sin cesar alfombrando sus paseos, las juguetonas ardillas cambiando de árboles y las castañas silvestres rodando por el suelo como anticipo de la caída de otros frutos otoñales. Nos faltaron otras visitas interesantes como la de la ermita de San Saturio, patrón de la ciudad y lugar donde Machado acudía para pasear y escribir algunos de sus poemas. Pero siempre es bueno dejarse lugares pendientes y un buen sabor de boca para obligarse al retorno, en el que ya estamos pensando. El coche nos aguardaba para reemprender el camino de vuelta, esta vez por la autovía que pasa por Almazán hasta desembocar en Medinaceli y desde allí por la A-2 camino de Madrid con un ligero desvío por la R-2 para evitar la congestión de vehículos al regreso de un puente tan concurrido en las carreteras. A las ocho de la tarde habíamos finalizado nuestra incursión por tierras de Soria.

Como epílogo de este relato, me gustaría despedirme con otros versos de Machado que, oportunamente, me ha facilitado mi amigo Jesús Martín desde su atalaya rural de Villamuelas, donde combina la reflexión, el descanso y el contacto con la vida sencilla de un pueblo manchego.

En la desesperanza y en la melancolía

de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.

Tierra del alma, toda, hacia la tierra mía,

por los floridos valles, mi corazón te lleva.







Justo López Carreño

Noviembre 2016

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