Artículos año 2022

RETRATOS DE FAMILIA


El 2 de septiembre de 2022 se presentó en el salón de actos de la Biblioteca Pública "Lope de Vega" de Manzanares (Ciudad Real) el libro "Retratos de Familia" del que he sido prologuista y cuyo autor, Bernardo Fernández-Pacheco Villegas, amigo y compañero en numerosas actividades, agrupa una serie de fotografías extraídas del álbum familiar junto con una semblanza de los personajes más representativos de su familia al tiempo que alude a los usos y tradiciones locales en línea de la anterior entrada de mi web titulada etnografía. De ahí que por partida doble incorpore esta entrada en mi página que recoge el texto íntegro de mi prólogo ampliado por algunas de las notas más siginificativas sobre los personajes del libro aunque sin llegar a desvelar su contenido completo, pues mi intención es depertar el deseo lector del libro y sus ilustraciones en su totalidad por aquellas personas que se hagan eco de estos comentarios.

El acto tuvo un lleno absoluto en el salón, con un público formado mayoritariamente por amigos y familiares que siguieron con gran interés el desarrollo de la velada que, introducida por el Concejal de Cultura del Ayto. de Manzanares, contó con la presentación y animación del debate por parte de Pepe Sevilla Serrano, amigo y colega de Bernardo durante muchos años y que continúa en la actualidad también como compañero de actividades ciclistas y académicas desde la atalaya jubilar en la que ambos se encuentran.



PRÓLOGO

Desde el texto introductorio de estos Retratos de Familia, Bernardo hace una inequívoca opción por uno de los grupos humanos en los que previamente clasifica y sitúa a sus componentes, el de quienes tienen siempre presente el pasado y recelan de las bondades que nos ofrecen los nuevos tiempos, que suelen ocultar las consecuencias negativas de muchos de sus logros así como el alto precio que se paga por no medir las consecuencias de un sistema depredador basado en el consumismo irracional y el desprecio habitual de todo lo que signifique atesorar el pasado.



Bernardo no se siente cómodo en el presente, desdeña sus numerosos cantos de sirena y se refugia en sugerencias que le ofrece el pensamiento filosófico y antropológico expresadas básicamente a través de los textos literarios de los grandes clásicos, pero tampoco menosprecia los avances que verdaderamente suponen un progreso aunque también conlleven un peaje que irremediablemente hemos de pagar.



En estos relatos ha hecho un ejercicio ímprobo de memoria, reforzada por la oralidad y el apoyo que las imágenes fotográficas le aportan. Pero, pese a la minuciosa actividad descriptiva de personas y costumbres, no trata de componer una realidad objetiva y contrastable, sino los ecos de unas voces que permanecen en su recuerdo con todas las distorsiones propias del paso del tiempo.



Leyendo recientemente una entrevista a la psiquiatra Anabel González en El País Semanal, me vino rápidamente a la mente la línea clave de lo que encierra el trabajo de Bernardo en su introspectivo análisis de sus orígenes familiares. Cuando el periodista le pregunta “¿por qué algunos hijos desarrollan comportamientos heredados y otros no? la interpelada contesta que “nunca es la misma historia. Los hermanos suelen ocupar distintos papeles. Al mayor le suele tocar abrir caminos, ser responsable. El de en medio vive en el limbo. Si te pareces mucho a tu padre o a tu madre, igual chocas más con él. O igual tiene más simpatía por ti… Nunca es la misma historia”



Y esto es lo que fundamentalmente se desprende del relato que hace Bernardo de su familia mediante la exploración de sus raíces más recientes que, aunque cercanas y casi contemporáneas en el friso de la historia, encierran todo un conjunto de singularidades que le dan sentido a su universo personal. Ese que todos conllevamos como humanos pero que nos atañe especialmente a cada uno. “La historia universal se escribe doscientos metros alrededor de cada cual” escribió Manuel Vicent en una de sus magistrales columnas periodísticas y es en ese entorno en el que debemos comenzar a desentrañar quiénes somos y de dónde venimos”.



Al tiempo que tramaba este prólogo sobre los entresijos familiares de Bernardo, se sucedían episodios de compraventa de mi casa paterna, con lo que tiene de simbolismo para quienes apreciamos los reductos físicos y sociales de estos espacios mientras comprobamos cómo el paso del tiempo y los diferentes intereses de los herederos lo disuelven todo hasta límites insospechados. Me ha venido también a la mente el impacto que describe Bernardo cuando contemplaba a su abuelo agonizante en el dormitorio de su casa y cómo esa imagen se le representó en muchas ocasiones cada vez que volvía a ese lugar. Quizá esta evocación me ayude a que la decisión de la venta sea pronta y firme para que el sitio desaparezca definitivamente tal como lo hemos conocido y habitado, de modo que las imágenes que pudiera suscitar procedan únicamente de la memoria.



Porque si hay algo que comparto plenamente con estos relatos es la importancia y el valor de la memoria para la transmisión de los mismos, ya sea por medio de la oralidad ya por otros procedimientos gráficos sobre cualquier soporte, que dejen constancia de su continuidad en el tiempo.



Aunque la estructura formal de la obra no se ajusta a ningún género preconcebido y se podría enmarcar como un mosaico biográfico costumbrista, lo que si parece necesario aclarar es que consta de dos partes diferenciadas. La primera la dedica a desentrañar de forma minuciosa y amena las diferentes personalidades que han conformado sus ancestros más cercanos en el tiempo, centrándose particularmente en las semblanzas de abuelos, tíos abuelos, bisabuelos y tatarabuelos siguiendo un esquema genealógico simplificado y hasta donde los datos le han hecho posible su mención.



De esta primera parte yo destacaría que además de las distintas semblanzas personales que quedan reflejadas, paralelamente va describiendo todo un mundo de usos y costumbres, oficios que no tardarían en quedar obsoletos o desaparecer, modos de compraventa y uso de objetos de la vida diaria, viajes en los medios rudimentarios de los siglos pasados así como los talentos y peculiaridades que se dan espontáneamente en algunos miembros familiares pero que también se extinguen sin que puedan saberse unas causas u otras.



Todo este entramado es desarrollado de forma pormenorizada por su autor y no seré yo quien lo desvele en este prólogo, cuya finalidad es animar a la lectura de la obra sin anticipar su contenido, aunque ofreciendo, eso sí, unas pistas para que los posibles lectores agudicen sus sentidos y alerten su atención en los pasajes a mi parecer más significativos.



Así, comenzaremos por su bisabuelo José, ligado a la Compañía Eléctrica de Manzanares y músico con talento natural que dio paso a una saga de músicos y de empleados en funciones públicas como la del Registro de la Propiedad. Su mujer y precoz viuda, Antonia tuvo que lidiar con la crianza de sus hijos y con la sombra de la depresión que merodeaba en el ánimo de esta rama familiar asumiendo, como refleja su fotografía, la toca negra como símbolo de la viudedad.



El Registro de la Propiedad se convirtió en una institución acogedora para los Fernández-Pacheco por dar trabajo a buena parte de sus miembros que dedicaron su vida laboral al mismo haciendo uso de todo un conjunto de manejos e instrumentos de escritura que marcaron toda una época.



El tío Pepe, hermano de su padre, vivió la experiencia de la mili en las colonias africanas antes de la derrota española y posteriormente encontró trabajo en una imprenta local conocida popularmente como la Imprenta Pacheco, cuyos ecos también yo escuché durante mi infancia en los numerosos viajes a casa de mis tíos en Manzanares.



El tío Pocho, apelativo de Alfonso, fue un personaje singular, dotado excepcionalmente para la música y relojero autodidacta vocacional como otra de sus virtudes naturales, le costó Dios y ayuda desprenderse del regazo materno y acceder al matrimonio con la tía Sacramento tras un noviazgo interminable de treinta y dos años. Sin embargo, su episodio vital más controvertido fue una aparición nocturna cuando volvía de Membrilla que le trastornó el ánimo y las ganas de mostrarse en sociedad.



El abuelo Bernardo, cuya figura agonizante aparecía de forma recurrente en el pensamiento de su nieto, tuvo varios oficios, entre los cuales hizo de enólogo, pero un rasgo que me llamó la atención por encima del resto es el de su capacidad de escucha al prójimo, hábito poco dado en el pueblo español.



El otro bisabuelo, conocido como Perico, ejerció como maestro carretero en un taller que cerró casi al tiempo que desapareció la profesión en nuestro modelo de sociedad. Su mujer, la bisabuela Antonia, fue muy longeva y de carácter afable y social, lo que le reportó el afecto y la compañía de numerosas personas cercanas.



El tío Pepe Pi, el más destacado de la saga por sus cualidades, según Bernardo, fue empresario, bodeguero y alcalde, llegando también a dominar varios instrumentos musicales y siendo una persona respetada y bien considerada. Se casó con una mujer de sangre criolla y terminó siendo un hombre de gustos aburguesados como consecuencia de la buena marcha de sus negocios.



La abuela Antonia, madre del padre del relator, fue una mujer de su casa y gran cocinera. Disfrutaba sirviendo platos novedosos y el aperitivo en la cocina a sus numerosos visitantes. Compartía numerosos ratos de costura y escucha de programas radiofónicos con ciertos allegados.



La otra rama familiar, la de los Villegas y Serranos, la forman otro conjunto de personas que no se quedan a la zaga en cuanto a iniciativas y representatividad social. El bisabuelo Pepe, fue el último de los carteros de Manzanares en su versión clásica de ac arreadores del correo y los encargos a lomos de caballerías y carruajes dando paso a la creación del oficio de cartero tal como se ha conocido hasta la actualidad. De su trato y pasión por los caballos derivó otra de sus actividades como la doma y el adiestramiento de los equinos, que le proporcionaron numerosas amistades y contactos por diversos lugares de España.



La bisabuela Juana, prototipo de mujer marcada por la religiosidad ambiental, a medio camino siempre entre la devoción racional y las prácticas de sacrificios rituales de difícil comprensión en cualquier época laica y secularizante.



El abuelo Andrés se mantiene en el recuerdo de Bernardo por considerarlo una de las personas que más le han influido en su infancia. En su actividad comercial relanzó un floreciente negocio de tejidos que pasó a ser llamado El Metro por utilizar esta medida en vez de la clásica vara. La descripción de tipos de tejidos que hace Bernardo en este apartado me parece de una precisión y variedad encomiables. Personalmente el abuelo Andrés estaba marcado por sus vivencias en la Guerra Civil e inclinado al modelo de español adicto al régimen franquista, entregado a prácticas religiosas a través de cofradías o hermandades así como amante de los festejos taurinos, la caza y hasta del Real Madrid.



Los bisabuelos de la rama materna, Isabel y Antonio, tuvieron una difícil situación al morir joven la primera dejando cuatro niños de corta edad. Él fue incapaz de asumir esa responsabilidad y huyó dejando a los niños en manos de sus familiares. Cada uno siguió los designios que la vida les fue deparando. La abuela materna Vicenta tuvo que rehacer a lo largo de su vida los infortunios que soportó durante su cruda infancia. Ama de casa por vocación, pero además siguiendo prácticas y rituales propias de épocas pasadas tanto en los usos de los aperos domésticos como en la cría de animales y preparación de alimentos. Cuidadora vocacional de la perra Tosca y el gato Betty ponía paz cuando trataban de acabar con los canarios que mantenía en sendas jaulas.



En lo que podríamos decir que es la segunda parte del relato, el autor se desprende de las figuras de sus ancestros como eje prioritario de sus reflexiones para centrarlas en un conjunto de vivencias asociadas a tareas relevantes de la época que le tocó vivir, fundamentalmente durante su infancia, y de este modo trae a colación la riqueza de las historias familiares, con la desazón que le produce la falta de curiosidad e interés que estas mismas historias despiertan en sus descendientes. Es difícil comprender que una materia como la historia que tiene su enjundia en los planes académicos oficiales como requisito para la comprensión de las relaciones entre humanos, no suscite la misma necesidad de conocimiento entre los miembros de la familia como célula elemental de cualquier sociedad.



Bernardo ha mostrado un aprecio, inaudito en nuestros actuales tiempos, por los objetos viejos que han sido las principales víctimas del exacerbado consumismo que nos invade y cuyos bienes anteriormente se transmitían entre generaciones como algo preciado y digno de reparación, uso y conservación. La importancia de estos objetos antiguos así como de muebles y fotografías, como las que aparecen ilustrando los textos a los que aluden las mismas, forman parte de un patrimonio cultural que ha merecido ser considerado como muy valioso por las autoridades educativas de algunos países y su desarrollo como recomendable entre las competencias clave a fomentar entre la ciudadanía en edad de formación.



La red de relaciones familiares, tan cuestionada en la actualidad, se sustentaba tradicionalmente en dos pilares: celebraciones y visitas. Las primeras eran uno de los elementos aglutinadores del espíritu familiar sobre el que giraban las relaciones entre sus miembros, fortaleciendo a dicho grupo y a los vínculos de pertenencia. Las más notables eran las del bautismo, bodas y entierros, como ceremoniales de momentos cruciales en la vida de las personas.



Las visitas entre parientes eran el otro apoyo al mantenimiento de los vínculos que se producían de forma cíclica y repetitiva en distintos momentos del año, si bien las realizadas a casa de los abuelos eran las más abundantes y consolidadas.



Otro elemento de cohesión sociofamiliar tenía lugar en la participación de las familias en romerías populares, costumbre que no se ha perdido en muchos lugares e incluso se ha potenciado, aunque bajo el paraguas consumista de los chiringuitos feriales en los que comer y beber ocupan el tiempo principal y en ocasiones el único. Por el contrario, la celebrada en la Sierra de Siles cercana al municipio de Manzanares se fue devaluando hasta tal punto que en la actualidad ha desaparecido. En su momento discurría por la Cañada Real Soriana o vereda por medio de carros o tartanas como principales vehículos de transporte. El bullicio de participantes daba lugar a una ronda de visitas y comentarios entre los mismos en torno a las elaboraciones gastronómicas que se realizaban sobre el terreno después de acarrear los requisitos necesarios y entre las degustaciones sobresalía la caldereta de cordero como plato estrella.



Una romería especial para esta familia la constituía la de la Virgen de las Nieves en su santuario cercano a Bolaños y Almagro y lejos de la localidad manzanareña, como hubiera sido lo lógico. Lo cierto es que aún mantienen el vínculo algunos miembros de la estirpe y siguen acudiendo cada 5 de agosto a su celebración aunque suponemos que con otros medios y otro programa de actos, entre los que ya no tendrá lugar la cucaña en la que un gallo colgaba de lo más alto de un poste embadurnado de sebo para que algún intrépido escalador lo alcanzase y lograse arrancar de un tirón el cuello del animal.



Otra de las observaciones de Bernardo respecto a la transmisión de las tradiciones se centra en los procedimientos de adjudicación de nombres a los nuevos miembros familiares. El primero consistía en imponer el santo del día según aparecía en el santoral romano fijado por la Iglesia Católica, con el consiguiente azar que tal método producía en los afectados, para bien o para mal, según los gustos del momento.

El otro método era la imposición del nombre de los abuelos, preferentemente paternos o, en su caso, el de algún tío de destacada ascendencia en la familia. Es curioso que no hubo registro civil hasta 1837 y anteriormente todo figuraba en los archivos parroquiales si estos funcionaban debidamente.

Pero si hay algún pasaje de este costumbrista relato que rezuma pasión y gozo interno por las experiencias vividas, ese lo concentra la casita de Mirasierra a los pies de Siles y obtenido tras un trato peculiar con la familia de bolañeros que eran sus propietarios y que cedieron parte de la parcela a su abuelo Andrés a cambio de 100 pesetas y tres trajes de pana. Las pequeñas quinterías manchegas eran el lugar destinado para “ir de temporada” unos días y cambiar de aires en verano. Esta zona, conocida como La Rufina, se prestaba a ello por su cercanía y buena comunicación pese a que en su momento había que atravesar la ruda zona de la vereda y sus caminos limítrofes nada cómodos para los carruajes de entonces y escenario desde el que contemplar el progreso en lo sucesivo cuando fueron apareciendo el Seat 600, la Mobylette o la BH para sustituir a la tartana, la compañía de la perra Tosca o la amenaza de los mastines de otras fincas para los que el abuelo no dudaba cargar su escopeta que nunca llegó a utilizar.

Bernardo resume así el sentido existencial que rodea a toda persona en cualquier época: “La supervivencia personal, adaptándose a las circunstancias propias de cada etapa, siempre fue un ejercicio de difícil ejecución”.

Convencido de que estas fotografías tienen la fuerza de las raíces, como ocurre con la tierra y los cultivos, vuelve a guardar las fotos en la caja, como nosotros y cualquiera de los lectores de estas líneas podemos guardar los recuerdos para que algún día puedan fructificar también.

Justo López Carreño

Septiembre de 2022

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