De García Calvo... algo

Tuve la oportunidad de conocer personalmente a Agustín García Calvo en un Congreso educativo, celebrado en Ciudad Real en julio de 1.994, por un grupo de maestros de todo el territorio español. No se trata aquí de glosar la figura de este pensador, filólogo y ensayista con el rigor que lo hacen, a menudo, críticos y profesores de universidad, entre otros, sino más bien de ofrecer un resumen de mi percepción sobre su personalidad y obra.

Debo remontarme a las primeras veces que escuché su nombre, allá por la década de los sesenta cuando, junto a otros dos ilustres de nuestro elenco universitario, los profesores Tierno Galván y José L. López Aranguren, eran invitados a dejar sus cátedras por el régimen del general Franco. Este impacto periodístico para los jóvenes que vivíamos el espíritu nacionalcatólico era como un alivio, una purga de todos los demonios ideológicos que trataban de mancillar la pureza de un Estado casi sacrosanto. Un profesor de universidad que corre junto a sus alumnos delante de los grises por la ciudad universitaria no podía revestir el respeto necesario para su obra y su labor.

Más tarde, las suaves entonaciones de Amando Prada sobre algunas de sus letras, escuchadas en el ámbito del Colegio Residencia en el que estudiábamos, fueron abriendo un primer resquicio de curiosidad sobre la naturaleza de estas melodías. Era el tiempo de la apertura tecnocrática del sistema educativo bajo el impulso de Villar Palasí como ministro del ramo. Los que aún permanecíamos con la censura mental, necesitábamos de esas bocanadas de disgresión para comprender que fuera se respiraban otros aires:

«Libre te quiero
ni de Dios ni de nadie
ni tuya tampoco».

Pasa el tiempo y los albores democráticos van situando a cada cual en los usurpados lugares que les han sido arrebatados por una etapa anómala y nefasta para la libertad. Llega a mis manos un breve libro de poemas titulado «Del Tren», editado por La Gaya Ciencia en 1.976 y cuyas evocaciones siguen siendo un punto de referencia para mis ratos de íntimo placer. Su mezcla de descripciones paisajistas de Castilla, la exaltación del viaje en tren para quienes, como yo, tenemos raíces ferroviarias, y la profunda denuncia del desgarro en que vive el ser humano permanentemente, le confieren una belleza recia, sonora, de embriagadora sensibilidad:

« Del campo de España vengo
compañeros:
a lomo de tren surcándolo
de arriba a abajo:
por donde el trigo oscurea
las lomas de greda;
por donde en tierra de almagre
clarean trigales...»

Tras su retorno a la cátedra de latín de la Universidad Complutense, aparece esporádicamente con sus escritos en el diario «El País» exponiendo su acracia con ese sello de creativa utilización del lenguaje, de mostrador del lenguaje y sus entresijos, para advertir, constantemente, machaconamente, que nos situemos frente a «ellos», que no perdamos las raíces de pueblo. El pueblo, la gente como él lo llama, sigue estando por debajo, latiendo en cualquier manifestación de los humanos:

“Por debajo del puente
canta el agua:
por debajo del hombre
la gente canta”

Dios, Estado y Capital son «ellos», los que marcan los modos de vida que las personas han de seguir para satisfacer a sus intereses, los de «ellos», claro está. Esta sociedad se ha convertido en un gran mercado sin que sea posible diferenciarlo de la sociedad misma. Y en ese mercado sólo cuenta la obtención de dividendos para quienes tienen acaparadas las riendas del mismo. Cuando el amplio grupo de maestros y maestras se dirigieron a él durante el referido encuentro del Congreso, para conocer su punto de vista sobre la labor de los docentes en estos tiempos que corren, sus argumentos no dejaron de ser singulares y, sin duda, polémicos:

«Si uno se encuentra siendo maestro y no tiene por qué renunciar, porque, entre otras cosas, cualquiera otra ocupación en la que pueda pensar dentro de este mundo y especialmente dentro de la sociedad del bienestar lo convertiría en otra forma de ejecutivo de Dios, seguramente mucho más decidida y mucho más sin salida que esta ambigua y contradictoria cosa que es ser maestro. Si uno, pues, es maestro, y no tiene motivos para dejar de serlo, caben cosas. La primera es, como siempre, no creer y creer cada día menos».

Sin embargo, lejos de transmitir una idea pesimista sobre estas y otras actividades, piensa que todo está por hacer, precisamente porque nada hay predestinado. Incluso para la escuela, ve como adecuado el camino de la lectura y el recitado oral, las inocentes técnicas del canto o el baile junto a danzas populares y juegos teatrales que ayuden a recuperar la palabra, técnicas todas ellas en la línea de una escuela popular, cercana a los intereses espontáneos de la mentalidad infantil y despojadas del siempre tedioso marco libresco e instructivista que, a instancias de las interesadas propuestas editoriales, enajenan a los niños de sus auténticos sentimientos.

Por tanto, el contacto con García Calvo puede ser siempre un punto interesante de contraste, de acercamiento a una realidad ajena a los convencionalismos y de búsqueda de una identidad de las cosas que tan a menudo pierden sentido en nuestras vidas.

JUSTO LOPEZ CARREÑO. 1.994
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