Desde pequeñitos


Un barullo de chicos , que apenas han pasado la media docena de años, descienden de un coche al tiempo que el adulto que los acompaña eleva una mirada de complicidad hacia el lugar donde va a celebrarse el partido. Rápidamente se unen al grupo algunos de los restantes miembros del equipo acompañados por un mozalbete que porta una bolsa de plástico grande que contiene la indumentaria que van a utilizar sus jugadores. Es el entrenador. El año pasado o quizá el anterior, cursaba el último año de la E.G.B. en el mismo colegio de los chicos y, de pronto, se ve convertido en el momentaneo director de sus juegos en una mágica reconversión exenta de controles.

Al otro lado de la valla exterior, también arremolinados, aguardan los rivales. Con caras de contenidos deseos de triunfo, esperan el comienzo del choque por el que han estado ilusionados los anteriores días de la semana.

Sin un mal local donde dejar las ropas de abrigo y haciendo equilibrios para sacarse el pantalón del chandal, consiguen equiparse siguiendo el modelo que marca la ortodoxia. Es el traje de luces del futbolerío. A partir de ese momento ya han conseguido satisfacer el anhelo acariciado tantas veces en su mente.

El espectáculo está servido. Alguno, en su ya paranoide asimilación de las formas adultas, reclama la entrega de las fichas al árbitro cuando los demás le recuerdan que en esta categoría no es preciso mostrarlas. El joven trencilla, no menos inmaduro que los entrenadores, arbitra el encuentro entre algunos toques de silbato, tan suaves y escasos, que delatan su pobre autoridad y formación en el tema.

Mientras, a la soledad del banquillo imaginario, únicamente poblado de ropas por los suelos, se han unido a los suplentes varios padres, madres y abuelos que acuden a comprobar si sus descendientes más pequeños les darán alguna alegría como futbolistas. En ese soñado empeño usurpan poco a poco la tarea del joven entrenador y dejan oír sus voces y recriminaciones, que van haciéndose cada vez más ásperas, a medida que el partido se disputa. La ausencia de público no es óbice para que los dos clanes rivales formen paulatinamente un clima de agresiva comunicación. No faltan las frases despectivas coreadas hacia el otro grupo, como los insultos, a cual más grosero, ante cualquier lance desfavorable del juego. Los padres más osados, en su entrometimiento, han desplazado de su labor al entrenador y gritan desaforadamente en la creencia de que los pequeños van a resolver sus deficiencias como jugadores a golpe de gargantas ajenas. Estos niños, con apenas desarrolladas sus estructuras psicomotrices, con una acusada desorientación en el espacio, tiemblan como flanes cuando tratan de atender, a la vez, al juego y a las frenéticas voces procedentes del banquillo.

En un rincón de los laterales de la pista, los reservas, aburridos por su poca participación en el partido, ponen caras de circunstancias y reniegan interiormente de su situación, que, seguramente, volverá a repetirse el siguiente fin de semana, a la par que sus cabezas habrán vuelto a almacenar esa pasión futbolística que se cuela como un virus gratificante entre las monótonas horas de sumas, restas, lecturas y dibujos.

El encuentro ha finalizado. Mientras los chicos asumen el colofón del rito, algunos sin haber jugado, otros envileciendo su superioridad con arrogante denuncia en su mirada, los adultos, organizadores, padres, madres, y el resto de la caterva de chusqueros de la enseñanza del deporte, van apagando entre comentarios sus últimas voces, con la satisfacción que proporciona ofrecer a sus hijos un modo tan noble y educativo de emplear su tiempo libre.


JUSTO LOPEZ CARREÑO


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