José Antonio Díaz-Hellín

Hay libros, lecturas y personas de los que basta una muestra para que el impacto nos deje una huella especial y complaciente. A mí me ocurrió con los poemas de José Antonio en aquella presentación de su libro el 26 de diciembre de 2006 en la Casa de Cultura de Campo de Criptana. Seguramente todo: la música, el silencio, la familiaridad de las fiestas,… todo creó un especial clima de emoción poética que tuvo después su prolongación en la lectura reposada del poemario.
Lo curioso es que José Antonio es un hombre de ciencias en lo profesional. Profesor de mis hijos en el IES Miguel de Cervantes de Alcázar, madridista confeso, que se atrevió a desfilar de corto por el instituto celebrando la 7ª Copa de Europa y político conservador en su población como concejal.

Todos los poemas que se incluyen a continuación están tomados de su libro “Elegía inacabada” publicado por la Diputación Provincial de Ciudad Real en 2006.

Aniversario

Ha pasado un año, ¡Dios mío!,
y no has vuelto, madre...
¿Por qué te retrasas tanto?
Recuerdo que de niño,
cuando no me portaba bien,
me amenazabas con marcharte...
¡Qué horrible sonaba aquello!

Hace ya un año.-¡quién lo diría!-.
que te fuiste a toda prisa...
Y continúa viva la carne,
y sigue abierta la herida...
estoy llorando, ¿sabes?
Ha pasado un año como una exhalación.
como un amargo suspiro,
y me parece que te has ido, madre,
hace sólo un instante...

¡Parece imposible! ¡Qué dolor más grande!
Me refugio en palabras.
porque me parece que hablo contigo.
porque creo que lees estos versos
-con esa dulce atención-,
y que luego me sonríes..., y nos damos un beso.
Me refugio en palabras,
porque no todo van a ser Lágrimas;
mientras las digo me parece que estoy contigo,
y las escribo y aquí quedan
para cuando queramos estar juntos.

Desde tu balcón

El balcón de tu alcoba, madre,
donde nací, sigue suspendido en la tarde
como un faro prodigioso.

El balcón de tu alcoba, madre,
donde nací, sigue mirando al norte
cual brújula portentosa.

El balcón de tu alcoba, madre,
donde nací, sigue anclado en el mediodía,
testigo de millares de crepúsculos.

Desde que pasó tu entierro, madre,
de poniente a saliente,
parece tu balcón un barco a la deriva
en el mar convulso de la fachada...

Y ya no se posan los pájaros,
ni se abren de par en par sus ventanas,
ni entra el aire perfumado de la primavera,
ni se adivina tras los visillos tu dulce rostro.

Yo ya no quiero asomarme a tu balcón,
ni apoyarme en su baranda,
porque me da vértigo tu ausencia, madre,
porque soy un náufrago de atardeceres,
superviviente de quimeras.
errante de soledades...

Las esquinas del frío

Sobre las aceras de lluvia,
desde las esquinas del frío
y en las turbulencias del silencio,
me viene tu recuerdo, madre,
como una febril náusea,
como una pasión rota,
como un río fiero e incontenible,
con sus escabrosos meandros
y sus afluentes de angustia...

Tu cariño, madre del alma,
me anega la memoria...
Ya no puedo verte...,
pero sí hablarte, porque ahora sí me oyes bien,
verdad, madre?

Y mi voz...,
trémula de pena y clara de esperanza,
se encarama a las tapias de tu huerto,
deambula por tu jardín inmarcesible,
bajo el rumor de las hojas y el clamor de los pájaros,
anhelando el inextinguible fulgor de la mañana,
la incesante diafanidad del ocaso...

Evocación

En medio de la primavera
me he detenido, madre, a recordarte,
bajo esta luz inmensa y arrebatadora.
abrumado por esta evocadora claridad
en la que irrumpen y afloran
mil matices de tu presencia:
la puerta de casa entornada.
el presagio del estío en la penumbra del zaguán,
los geranios blancos y rojos del patio,
las sábanas tendidas al sol,
y tú, madre, entre ellas
saliendo a mi encuentro…

Desde la plazuela de mi infancia,
inundadas de sol las cuatro esquinas,
columbro la fachada de casa
y a ti, madre, agachada, barriendo la puerta...

Cuando regreso a nuestra calle, madre,
hay un rumor de juegos al atardecer;
retornan los dulces sonidos de mi niñez:
el entrañable bullicio de una caterva de críos
jugando a las matas o al ron del alpargate,
al escondite o al rescate,
mientras el crepúsculo en las espadañas
sigue tiñendo el cielo de cárdeno y carmín.

Y tú, madre, me dirás como cada tarde
ya te has salido a la sordina,
te huele la casa a ratones...
Pero yo sabía que al volver, tú siempre estabas.
Ahora vuelvo taciturno,
con el alma hecha jirones,
y no estás nunca, madre…
Te dejaré mi amor estremecido
Y mis lágrimas de añoranza.

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